La mujer en la Prehistoria durante los milenios oscuros de la incesante recolección

“Puede verse a animales fieros, machos y hembras, dispersos por el campo, negros, lívidos y completamente bronceados por el sol, ligados a la tierra y escarbándola y removiéndola con una obstinación invencible. Su voz es como articulada y al ponerse en pie muestran una faz humana, pues, en efecto, son hombres.”

Éste es el cuadro emotivo de la humanidad terrena a fines del siglo de las Luces, evocado por La Bruyére en momentos de una gran crisis económica. Ese cuadro nos remite a los lejanos milenios oscuros de las recolecciones constantes, pues siempre los duros períodos de crisis nos remiten al pasado.

Adán y Eva. Cueva de Rouffignac (Dordoña), Magdaleniense.

Adán y Eva. Cueva de Rouffignac (Dordoña), Magdaleniense.

Ese pasado de la humanidad se nos revela de una lejanía que da vértigo, en el azar de las recientes investigaciones y últimos descubrimientos. Las fechas científicas atribuibles a los más antiguos documentos de la garganta del Oldoway, en Africa Oriental, establecidas por el sistema de la radioactividad del potasio y su transformación en argón, superan los dos millones de años. Nuestros orígenes se sumergen, pues, en el misterioso Terciario.

Las primeras poblaciones : los australopitecos.

Esa primera ola de australopitecos, separada ya desde hacía mucho de sus vecinos antropomorfos, domina ya la posición erguida, posee cerebro liberado y desarrollado, dentadura humana y desarrollo equilibrado y armonioso de sus miembros. La dentadura se revela propia a los tres usos fundamentales: triturar, pinchar y machacar.

Los primeros gestos son pura, total, completamente manuales: coger, aprehender, remover algún alimento con la mano desnuda. Los chimpancés y los gorilas hacen lo mismo, pero, a diferencia de los australopitecos, continúan haciéndolo igual aún hoy en día, sin haberse perfeccionado. Alguna diferencia de “naturaleza” parece hubo de advertirse entre ellos, puesto que tan sólo los “prohomínidos” realizaron el salto definitivo: prolongar la mano con una concha afilada, con una rama, hacerla más pesada y reforzarla con un guijarro.

El hecho de coger ese guijarro de playa, la elección de un guijarro pesado y grande, alargado y plano, tosco o pulimentado por erosión natural, conducen, a lo largo de muchos milenios, centenares de milenios, a la talla del mismo guijarro. De entre las dos piedras que se hacen chocar violentamente entre sí nace la primera especialización del trabajo humano: la piedra material y la piedra percusora. Esa piedra-material —apta ya para machacar, para aplastar— de la que el artesano quitaría dos o tres capas, se convierte en una punta para picar, en arista tosca para hacer incisiones. Las prolongaciones de la mano no son sino prolongaciones de la dentadura que permiten una ampliación de los medios nutritivos.

Esa humanidad australopiteca, esa “civilización de guijarros rotos” (la cultura Pebble) sólo puede vivir de la recolección constante de frutos y bayas, de las raíces que la tierra descubre, de acumular obstinadamente todo cuanto se puede comer, de la búsqueda de animales muertos o heridos… La historia en los siglos de crisis retoma fatalmente a las formas primitivas de esa recolección de los milenios lejanos, cuando esos machos y hembras se alimentaban de “agua y raíces”, de “pan de bellotas” y de la “hierba de prados y de las cortezas de los árboles”.

¿Se puede hablar de la mujer en esas edades geológicas, confines de dos eras?, ¿o de machos y hembras atados a la tierra?

Cada sexo posee su función natural, pero su género de vida es idéntico – durante los milenios de la recolección incesante y total. Con los primeros guijarros rotos aparecen los rudimentos de una oscura especialización. Esos guijarros pesan y son de difícil manejo. Su talla, debido a los materiales compactos y resistentes, exige aún más fuerza. Es al varón a quien incumbe tallar el material; es varón el que descubre, pierde y encuentra de nuevo las técnicas más antiguas y más primitivas. Partiendo de la técnica del simple choque de dos guijarros, mejora su rendimiento echando un guijarro pesado sobre otro aún más pesado que está en el suelo y que hace las veces de yunque. Esos primeros trozos, violentamente provocados, pueden pesar varios kilos. Existen enormes guijarros, totalmente moldeados, que pesan también mucho. Los primeros “poliedros” tallados, las primeras hachas de mano en forma bifácial continúan siendo útiles grandes y pesados. No son ciertamente útiles de gigantes, pero sí los primeros resultados de esfuerzos impulsados por el hambre para intentar obtener útiles más eficaces para aplastar, picar, perforar.

Y la hembra, perpetuamente herida y debilitada, apesadumbrada por sus maternidades, sólo puede buscar sin respiro frutos y raíces, víctimas sin defensa. A las funciones naturales del sexo, se añaden las funciones económicas nuevas y distintas. El hombre se convierte en artesano y la mujer en buscadora de alimentos, eterna y brava buscadora para el hombre, para su hijo, para ella misma.

Ese género de vida de los primeros recolectores tiende al progreso. Permite comprender por qué el ascenso de la humanidad se revela tan lento, tan difícil, a través de las oscuridades originarias. Con una población ínfima, con algunos seres sobre centenares o millares de kilómetros cuadrados, con una vida terriblemente breve, todas las transmisiones técnicas resultan esporádicas, excepcionales, pasan de un grupo vivo a otro vecino, de una generación a otra.

¿Cuántos hombres, cuántos grupos enteros desaparecen sin haber podido transmitir a sus vecinos o más allá de éstos, la técnica más eficaz de la talla, el método más seguro para la obtención del fuego?

Las ideas geniales, tan escasas en una humanidad diluida, sin contactos que puedan enriquecerla, se pierden casi de inmediato al cabo de nacer. Y sin embargo, el “milagro humano” está ahí. Con la ayuda de centenas de milenios — de qué asombrarse de ahí en adelante— esa primera humanidad no desaparece. Con gran lentitud aumenta numéricamente y acrecienta sus argucias técnicas. Muy lentamente se instala, toma posesión del corazón del viejo continente. Las primeras civilizaciones líricas son, curiosamente, las más ecuménicas de cuantas hayan existido. No teniendo un tiempo limitado, alcanzan lo universal, ese universal que nosotros hoy pretendemos alcanzar mediante la rapidez de la propagación. Ese milagro humano consiste en la supervivencia y, como en el relato del Génesis, “se llamará mujer”.

La segunda población : los pitecántropos.

La capa pitecantropa, la segunda ola de población del mundo, conquistó todo el antiguo continente hace aproximadamente un millón de años., En su lento ascenso hacia el progreso, a partir de los orígenes discemibles hoy para nosotros, la humanidad ha franqueado ya la mitad de su carrera. Está aún entregada a la incesante recolección, pero sus medios técnicos han mejorado, profundamente.

El primer útil masculino : el hacha bifacial.

Un “útil universal” está por fin en manos del hombre, él hacha de mano bifaciál (llamada en otro tiempo impropiamente “coup de poing”) desbastada y tallada con precisión con el percusor de piedra en un guijarro o un riñón de sílex, luego tallado en un corte largo obtenido sin yunque, terminado con finos y precisos retoques con el percusor de madera, un gran garrote hábilmente manejado. Los fragmentos de la talla del hacha de mano pueden ser utilizados también para diversas funciones. El utillaje se diversifica y se hace más ligero. El hacha de mano, apta para aplastar y horadar mediante su punta, cortar o raspar por medio de sus aristas, es la maravillosa prolongación de la mano que permite una mejor aprehensión de la naturaleza, de sus recursos.

El hacha de mano acelera el progreso humano. Es universal en su uso, se encuentra en las cuevas sudafricanas y en las altas terrazas, en las márgenes de los lagos mogrebís, en los refugios de la Riviera y en los aluviones de la Somme, desde las lagunas de Torralba hasta las arenosas orillas del Támesis. Los documentos perecederos apenas han llegado hasta nuestros días, pero con toda seguridad existían útiles de madera y se empleaban grandes huesos trabajados, muy probablemente. Al lado del rodillo, indispensable para los retoques del acabado y adelgazamiento de las piezas, está atestiguada la existencia del venablo en Clacton-on-Sea, en Hannover o en Castilla. La mujer pitecantropa conocía seguramente el bastón largo para alcanzar los frutos, el bastón terminado en punta y con la extremidad endurecida al fuego para horadar el suelo y desenterrar las raíces. Ese bastón es un refuerzo, una prolongación de. su mano para las tareas de aprovisionamiento.

El bastón, primer útil femenino.

Ese “bastón para escarbar”, símbolo aún de poblaciones primitivas, constituye sin duda —y de eso hace ya un millón de años— el privilegio de la mujer, su emblema económico. El bastón para escarbar representa a la mujer, ligada a la búsqueda de alimentos vegetales, mientras el hombre se convierte en artesano, se hace experto en la búsqueda y la talla del sílex, empeñado en encontrar fuentes más ricas y cómodas de existencia.

El hombre pitecántropo come ya carne de mamut, busca sus cadáveres que constituyen para él una enorme reserva de carne que explotar. Y de ahí a seguir la pista de animales vivos menos pesados, menos ágiles, debilitados por la enfermedad o cualquier otro accidente, media sólo un paso, que se franquea al cabo de varias centenas de milenios de esfuerzos perdidos y milagrosamente recuperados.

Pero la mujer queda y se quedará con su bastón para escarbar. El primer juguete de esa humanidad pitecantropa fue probablemente el pequeño bastón para escarbar que manejan los niños antes de convertirse en hombres o mujeres, antes de abandonarlo o de conservarlo para toda su vida. Las necesidades de la recolección exigen que toda la familia se movilice. Se pronuncia pues ya la gran palabra “familia”.

El Abbevilliense (hace 800.000 años).

La familia, aunque sea en su sentido más general y vago, está atestiguada por lo menos a partir de esas civilizaciones del hacha de mano bifacial del período abbevilliense y achelense. La Europa occidental experimenta en ese período un clima atemperado, más caluroso que el actual. En una flora mediterránea, boj, bonetero, árbol de Judea, higuera y laurel de las Canarias, viven en esa época el mamut, el rinoceronte, el macairodus, el oso, el caballo, el buey y el ciervo, antepasados de las especies actuales. En una Africa menor más húmeda, en un Sahara aún verde, se concentra una fauna rica en torno a .lagos y ríos.

La vida al aire libre sobre las grandes llanuras aluviales no deja casi vestigios arqueológicos y menos aún estructuras que permitan evocar más hechos, aparte de una tecnología escuálida. Las innumerables hachas bifaciales encontradas , esporádicamente señalan claramente esa vida errante de gentes recolectoras, y su cantidad no debe dar pie a ilusiones en cuanto a la densidad humana de las poblaciones que las poseían. Ese género de vida del Abbevilliense y del achelense dura varias centenas de milenios, y Breuil avanzaba ya la fecha de 800 000 años antes de nuestra era para esas hachas bifaciales de la Porte du Bois, cerca de Abbeville. En el valle de la Somme se observa mayor densidad de útiles. Resultan perceptibles “talleres” para trabajos de la piedra. En los alrededores se espacian más los útiles y piedras trabajadas hasta llegar a desaparecer. Ciertas zonas corresponden a lugares de ocupación temporal. Están al abrigo de vientos del oeste, los vientos dominantes, violentos, cargados de humedad. Esos signos son los débiles testimonios de la vida de un grupo elemental, y probablemente de una “familia”…

En la Europa meridional, de temperatura más elevada, las cuevas brindan refugio más fresco; las cuevas del Lazaret, cerca de Niza, la cueva del Observatoire en Monaco, cuevas de Menton. Los sedimentos arqueológicos acumulan capas pertenecientes a sucesivas ocupaciones, en que se hallan útiles de sílex o de -piedra calcárea y restos de cocina. Mejor aún que en las grandes terrazas fluviales, se puede reconocer ahí una vida en “grupo”. Exámenes minuciosos, estableciendo localizaciones rigurosas, permitirán algún día posiblemente enriquecer el “contexto social” de esos yacimientos en donde, con frecuencia, los investigadores se han contentado simplemente con recoger el material.

Más que el calor y el frío, el viento es el enemigo de esas poblaciones desprovistas de la protección elemental de vestidos eficaces. En el macizo cantábrico, que se abre al Atlántico, hay también una cueva, el Castillo, que pudo servir de refugio y favoreció los primeros grupos de humanidad. Pruebas muy antiguas sobre su ocupación asocian un utillaje de técnica clactoniense con especies animales de clima frío y un utillaje achelense con especies de clima más templado. Así pues, los refugios son utilizados por razones climáticas diferentes u opuestas, y mantienen su condición de refugio por mucho tiempo hasta los milenios de los grandes cazadores, más allá de la gran formación de glaciares würmiense.

Esas instalaciones humanas comprobadas por “suelos de habitat” bajo un techo o en una cueva, como en El Castillo, en las márgenes de pantanos y en lugares en que se aúnan una flora y fauna más ricas, como sucede en Torralba, en Ternifine, en las terrazas del Sena en Normandía o en la región de Charente, atestiguan de un modo indirecto pero a la vez sólido, agrupaciones humanas de “familias”.

Diferenciación sexual en el achelense.

La diferenciación entre las actividades propias del hombre y las propias de la mujer parece precisarse en él achelense. Macho y hembra australopitecos están pendientes de la recolección, sin grandes diferencias de ocupación; tan sólo las primeras tallas de guijarros pueden introducir un inicio de especialización según el sexo. En el achelense se inician más claramente, en un sentido amplio, funciones propias del hombre y de la mujer que continúan su evolución divergente hasta llegar a diferenciaciones marcadas e irreversibles.

Los trabajos del hombre constituyen ya obra de especialista. Separación de un núcleo de sílex, talla, acabado y tantas otras etapas obligatorias que terminan a veces con la consecución de una elegancia en las formas, de una eficacia técnica próxima ya a un verdadero arte. El admirable acabado de un hacha en forma de almendra achelense proporciona seguramente al artista la primera satisfacción estética.

Entre los medios de susbistencia parece que adquiere cada vez mayor preponderancia la consecución de carne. En Torralba, en las llanuras ocres de la provincia de Soria y en torno a un antiguo aguazal, encontramos cadáveres de mamuts junto a hachas de mano bifaciales y en casos excepcionales junto a venablos de madera. El paraje recuerda ciertamente por su grandeza selvática los lagos del Mogreb, por ejemplo Ternifine y sus elefantes atlánticos, que se asocian a los atlantes, cercanos parientes de los pitecántropos. Aun cuando sea prematuro en uno y otro lugar hablar de caza, por lo menos estamos ciertamente ante la existencia de talleres de despedazamiento y descuartizamiento, de verdaderas explotaciones “carniceras”. Terminar con un elefante enfermo o herido, inmovilizado o acorralado ante un pantano, seguramente constituyó una de las primeras operaciones de caza con ayuda de un tipo de venablo potente y temible de cinco metros de altura.

La mujer indudablemente queda al margen de esas difíciles y peligrosas operaciones. Es el hombre el qué realiza esas experiencias, preludio de la caza; es el hombre el que persigue al mundo animal. Y la mujer, con ayuda del bastón de escarbar, se dedica al mundo vegetal, más estable e inofensivo. De ese mismo bastón el hombre hace un arma ofensiva mientras la mujer lo utiliza como un instrumento.

División del trabajo.

Ésa es la primera división del trabajo que se asienta de modo lento, incluso confuso, y que separa hombre y mujer. Ese cambio iniciado en tiempos del achelense resulta grave, decisivo para el porvenir del hombre y de la mujer, para sus relaciones económicas presentes y futuras, para el carácter de la civilización. En las fases indiferenciadas de la recolección constante propia de los australopitecos, se opera una especialización cuyos profundos orígenes quedan ligados al sexo, a su fuerza específica y a sus funciones respectivas.

Antropomorfo. Cueva de Rouffignac (Dordoña), Magdaleniense.

Antropomorfo. Cueva de Rouffignac (Dordoña), Magdaleniense.

La mujer, al ser fisiológicamente más débil, al encontrarse impedida por su función maternal, ha de marginarse y quedar al cuidado exclusivo de la recolección de vegetales. Perdura en esb’s’trabajos? durantte todo él’ paleolítico inferior, sin lograr nunca evadirse de esa situación. La mujer campesina y alfarera del neolítico, la mujer de la protohistoria y de la historia deben a menudo su condición subalterna a esa lenta, oscura y larga especialización de tareas, iniciada en el achelense, hace ya centenares de milenios. El hombre, al ser físicamente más fuerte y estar siempre disponible (hecho físico que resulta de consecuencias de lo más diversas), puede evadirse de la recolección pasiva. Mediante las experiencias artesanales activas, gracias a la talla de sus útiles de madera o de piedra, gracias a la explotación del mundo animal, alcanza una economía viva, plena de luchas y esfuerzos, pero rica en todas las posibilidades de progreso.

Esa oposición del trabajo de la mujer y del trabajo del hombre se va reforzando con el paso del tiempo. Es una oposición que pesa sobre toda la futura condición de la mujer y hasta que no llegan los recientes decenios de la historia humana no se asiste a las múltiples y felices rehabilitaciones <por la técnica o la ciencia.

En el levalloisiense y en el musteriense.

La última fase climatológica relativamente cálida, la última época interglaciar Riss-Wiirm que señalan nuestros colegas geólogos, se sitúa posiblemente hace unos, 75 000 años antes de nuestros días. En el plano técnico los progresos del trabajo manual masculino son decisivos. El uso de hachas bifaciales se sustituye por un aserrado sistemático, hábilmente realizado, de los núcleos de sílex con el fin de obtener largas hachas a las que se da una forma intencional. Esas hachas se fabrican en “serie” y garantizan un aprovechamiento más eficaz de los materiales y un instrumental más variado. Mientras el artesano abbevilliense y achelense obtenía algunos útiles con un gran bloque de sílex, el hombre que emplea las técnicas levalloisienses consigue una cantidad diez veces superior. Con la punta y la rasqueta de sílex el hombre del musteriense dispone de instrumentos muy aptos para descuartizar una presa. Algunas de esas puntas aceradas pueden colocarse en el venablo.

La producción sistemática de una industria de lascas señala un gran giro técnico, un verdadero dominio del material, alcanzable sólo por el hombre. Esas técnicas nuevas permiten a la humanidad franquear una fase crítica de su evolución, cuando las condiciones climáticas empeoran y modifican seriamente el género de vida tradicional basado en la recolección. La última época glaciar tuvo lugar en Europa occidental hace unos 45.000 o 30.000 años; luego comenzó su período de extinción, muy lento, que terminó definitivamente hace unos diez milenios.

Consecuencias del enfriamiento.

Ese enfriamiento del mundo presenta una gravedad especial en las regiones montañosas de latitudes medias, mientras las latitudes altas se mantienen al margen de la ola y las bajas experimentan ínfimas variaciones climáticas. Así Eurasia y en especial Europa experimentan graves perturbaciones. La mayor parte de los Alpes sufre temperaturas inferiores a —10° durante el invierno, y las llanuras del, Saona., apenas alcanzan los —5°. El hielo es perpetuo incluso en verano a partir de 1 800 metros de altura. En los Pirineos las nieves perpetuas descienden hasta 1700-1800 metros y en los Picos de Europa hasta 1 400 metros. Puede observarse un suelo poligonal típico de rigores climáticos “peri-glaciales” en el abrigo de la Chaire en Calvin, región que hoy goza de un clima muy dulce. Ese empeoramiento del clima ocasiona en el paralelo 45 paisajes propios hoy de Escocia insular y de Noruega y conlleva graves consecuencias.

El cambio se realiza con mucha lentitud, incluso pasa inadvertido por el hombre, pues dura unos 20 o 30 milenios. Ese empeoramiento modificó lentamente las condiciones de existencia. La alimentación cotidiana, basada antes en productos vegetales, ha de reducirse forzosamente hasta llegar a desaparecer por completo. La función de la mujer encargada de proveer el alimento en los tiempos de la constante recolección, disminuye en provecho del hombre cazador. En efecto, la caza es la gran oportunidad de supervivencia de la humanidad, que aún es poco numerosa y está muy dispersada en esos paisajes ahora mucho más rigurosos. Las especies animales frías emigran lentamente del Este ál Oeste o descienden de las montañas hacia los llanos. Cabras monteses, gamuzas, marmotas, mamuts, rinocerontes y renos resultan ahora familiares en las llanuras occidentales, pues se han concentrado por su propio pie en Aquitania, receptáculo europeo, verdadero abrigo natural. Algunas de esas especies frías llegan incluso a penetrar más allá de los Pirineos y se expanden por las márgenes meridionales de los Alpes, en Liguria o ál norte de la llanura del Po.

Preponderancia de la caza.

En la alimentación cotidiana, la parte animal ha ido en aumento. El hombre del musteriense, el hombre de Neandertal se convierte lentamente en cazador; la caza le libra de los rigores del clima y de las dificultades de alimentación. En esa lucha la humanidad halla la posibilidad de sobrevivir y de asegurar además su definitiva y sólida preeminencia en el mundo. ¿No son las civilizaciones llamadas a luchar las más decididamente afincadas?

Las técnicas del hombre de Neandertal, que permiten convertir sus instrumentos en armas en caso de necesidad, posibilitan una verdadera caza, una caza “activa”, por fin, a la que se ve lanzado el hombre por necesidad imperiosa. Su panoplia de rasquetas de larga curvatura, sus puntas recurrentes incisivas propias para descuartizar animales y despellejarlos, es un testimonio de su habilidad para sacar el mejor aprovechamiento de las piezas cobradas en cuanto a la carne y a su piel. La capa musteriense tardía de la Quina, en Charente, une a su bella industria de alta técnica, llamada “charetiense”, los numerosos fragmentos óseos de animales descuartizados y consumidos. Reno, caballo y buey figuran también en la Quina. Numerosas rayas y trazos en algunos huesos ponen de manifiesto el delicado y hábil trabajo de descuartizamiento y desarticulación.

Las extremidades del húmero y las primeras falanges del caballo se utilizan ampliamente como bigornia y como banco de carnicero. Ese trabajo de descuartizamiento es sin duda masculino, quedando reservado al propio cazador. La frecuente presencia, en los sedimentos, de patas con su hueso, mientras faltan huesos más voluminosos de las extremidades o del esqueleto, revela que ese descuartizamiento podía efectuarse en los mismos lugares de la caza y que el cazador sólo se llevaba algunos pedazos preferidos o sólo quizá las pieles.

Fragmento de una escena de caza con dos figuras femeninas. Pintura rupestre de la cueva del Cogul (Lérida).

Fragmento de una escena de caza con dos figuras femeninas. Pintura rupestre de la cueva del Cogul (Lérida).

¿Se da cuenta el cazador moderno al despedazar él mismo la liebre cobrada y no permitir que nadie haga ese trabajo ni tan siquiera su mujer, de que su gesto se remonta al cazador del Neandertal del 40 milenio? La fauna de la cueva de la Chaise proporciona un menú carnívoro muy rico. Toros, antílopes, liebres, conejos y también junto a ellos pájaros, seguramente cazados con trampas, así como especies menores, ratones, ratas de agua y ranas. La vida de los primeros cazadores dependía del azar. Los días de penuria sucedían a los días de abundancia. Si el cazador de antílopes o de bueyes se quedaba sin piezas que cobrar, ¿se dedicaba a coger ranas, o bien quedaba ese trabajo para la mujer, ocupada aún en la búsqueda de los escasos frutos y raíces que aún se encontraran?

El habitat en la cueva.

El empeoramiento del clima entraña una nueva economía de tipo cazador que modifica por completo el cuadro de la vida. La mujer queda profundamente afectada. El habitat al aire libre, en las terrazas de los ríos, en las márgenes de las mesetas, disponiendo de abrigos precarios, se cambia por el habitat que ofrece un abrigo natural allí donde geográficamente resulta posible. La naturaleza del suelo y en especial del subsuelo condiciona estrechamente los lugares que resultan ahora favorables a la instalación y ocupación humana: los abrigos rocosos, que el viento no alcanza, las cuevas más o menos profundas,, en ocasiones incluso algunas ligeras depresiones, las galerías bajas y estrechas, se convertirán en los habitats del musteriense.

Venus de Laussel, cerca de Les Ayzies (Dordoña), Época auriñacience.

Venus de Laussel, cerca de Les Ayzies (Dordoña), Época auriñacience.

Así los nichos de la Quina, o la galería complicada de Arcy-sur-Cure, que han permanecido en el estado que presentaban al producirse un corrimiento que obstruyó su entrada, presentan gran acumulación de huesos de caballo, de bisonte, de mamuts y nos dan una muestra clara del estado de esos reductos musterienses.

Tan sólo la hiena efectuó quizá la limpieza de esos depósitos pestilentes en donde vivían los hombres del musteriense. Mucho menos confortables aparecen los habitats de Fontmaure que eran al aire libre. Esa búsqueda de abrigos naturales comportó una relativa concentración de la humanidad del Neandertal hacia las regiones geográficamente favorables. Las formaciones calcáreas de la parte atlántica del macizo central constituyen sectores privilegiados. Se hallan allí numerosas penetraciones naturales en las rocas y el clima, al ser menos severo, atraía naturalmente el agrupamiento de círculos menos diluidos.

Los grupos familiares pueden estrecharse, aproximarse unos a los otros, y las experiencias, las técnicas pueden transmitirse de “grupo” a “grupo” más fácilmente. (Sería temerario precisar la importancia y organización de esos “grupos”, así como hablar de familia o de tribu en un sentido estricto en ese momento. Los documentos arqueológicos permiten suponer “grupos” de muy débil vínculo…)


3 imágenes de venus de marfil de la cueva de Rideaux, en Lespugne (Alto Garona).

En esta fase de la evolución humana que el arqueólogo intenta situar hacia los dos millones de años de su existencia, resulta perceptible una vida social más rápida, una aceleración apenas presentida del progreso humano. Los contactos más frecuentes entre los hombres, consecuencia directa del nuevo cuadro de vida, explican, en efecto, el inicio aún tímido de ese giro decisivo de la humanidad.

Una nueva raza : el Neandertal.

La humanidad musteriense nos es conocida por la raza del Neandertal, de la cual se conocen un centenar de esqueletos, completos o en fragmentos, expandidos por el mundo africano, por Europa y por el “continente mediterráneo” hasta el Próximo Oriente, desde Gibraltar hasta el monte Carmelo.

“Enorme cabeza sobre tronco corto y macizo, miembros cortos y toscos, muy robustos. Actitud especial dominada por la curvatura algo distinta de la columna vertebral y por la semiflexión de los miembros inferiores, son algunos elementos de la caracterización del hombre del Neandertal. La cabeza es el elemento más característico con sus enormes arcos orbitales formando una chichonera continua. Resulta difícil de precisar las diferencias sexuales entre los vestigios diseminados en millares de kilómetros y que datan de milenios; sin embargo, las sepulturas de la Ferrassie indican para el hombre una estatura de 1,60 metros (talla del esqueleto) mientras la mujer no alcanza 1,45.

Esas cifras señalan claramente el diformismo sexual para los neandertaleses de la Ferrassie y se manifiestan muy inferiores a la estatura media actual. Ésta progresa de forma alarmante en las últimas décadas, ejemplo típico de una aceleración antropológica, aceleración que ya en muchas ocasiones se ha señalado en distintos planos, en la técnica o en la política.

La humanidad neandertaloide tuvo una existencia muy breve: existió hace unos 70 000 años en la cueva del monte Circe cerca de Roma, hace unos 45 000 años en Gibraltar y probablemente desapareció hace unos 30 000 años. Cincuenta milenios de existencia es muy poco si se compara con la capa pitecantropa que alcanza casi un millón de años de existencia, y más aún en comparación con los australopitecos. (El hombre actual, el Homo sapiens, existe sólo desde hace 30 000 años. ¿Indica esto que sus días están contados en tanto que especie, en una perspectiva suprahumana?)

Los primeros cementerios: igualdad entre Hombre y Mujer.

El hombre de la Ferrassie se descubrió en septiembre de 1909 y la mujer al año siguiente. Peyrony descubrió ese segundo esqueleto no lejos del primero, en una segunda capa arqueológica musteriense: “un individuo más débil, de talla menor, probablemente un ser femenino”, declaró. En el transcurso del verano de 1912 los investigadores descubrieron “en la capa del musteriense, la existencia de dos fosos pequeños, de 0,70 m de largo por 0,30 o 0,40 m de profundidad, cavados en forma de semiesfera en la grava arcillosa, amarillo-rojiza, subyacente.” Cada una de esas fosas contenía un pequeño esqueleto infantil, de unos 3 o 5 años de edad. Esas fosas, cavadas artificialmente, aportan una sólida prueba de inhumación voluntaria; en los siguientes meses se descubrieron otras tres fosas en donde se hallan solamente huesos rotos de bueyes o bisontes, puntas y rasquetas de sílex. Esas fosas y depósitos responden posiblemente a ritos relativos a enterramientos. Es fácil ver en la Ferrassie no sólo la inhumación de dos niños, sino a su vez la inhumación del hombre y de la mujer, aunque la prudencia necesaria no nos permite hablar aquí de una “familia” neandertalesa.

Ante la muerte, hecho que aquí nos interesa sobremanera, el hombre y la mujer pueden beneficiarse de los mismos ritos en el momento del enterramiento. Los niños también. Esa igualdad en un momento en que la desigualdad de sexos acusa diferencias de ocupaciones en el nuevo cuadro de vida, constituye el síntoma de un psiquismo neandertalés mucho más “moderno” y “actual” de lo que el aspecto anatómico permitiría suponer.

Esa igualdad en el tratamiento dado a los restos del hombre y de la mujer volvemos a encontrarlo en las cuevas del Taboun y de Mugharet-el-Skhiil, auténticos cementerios neandertaleses, los primeros que conocemos. Allí se hallan una mujer (de pequeña talla, 1,54 m), hombres y niños. Gracias a ese descubrimiento de numerosos individuos (unos quince en el Mugharet) se puede discernir el diformismo sexual de los esqueletos realizando estrechas comparaciones locales.

Resulta aún difícil imaginar la vida familiar neandertalesa, y en especial el papel en ella de la mujer.

En los abrigos rocosos de la Chapelle aux Saints, de la Ferrassie, de “Chez Purré”, de Grézes, de Laussel, por modestos que sean, resulta ya mucho más fácil reconstituir un núcleo familiar de lo que era posible hasta ese momento. La “familia sepultada” de la Ferrassie da cierta idea de la familia viva. En ese ambiente evolutivo de las primeras ocupaciones en la caza, la mujer ve perfilarse lentamente su primera liberación. Después de aquel período de recolección impulsada por el hambre, la alimentación se realiza ahora en el . mismo lugar en que se habita. Las primeras cazas aportan ya una nueva seguridad.

Dama de Elche.

Dama de Elche.

Dama de Elche: Escultura sobre la cual no hay aún unidad de interpretaciones. Unos fechan su ejecución entre los siglos V y IV a. de J.C., pero los más recientes hallazgos arqueológicos en La Alcudia parecen apoyar la tesis de que es posterior al siglo III a. de J.C. Tampoco se ha podido determinar con precisión a qué cultura debe atribuirse: ¿es de manifiesta influencia cartaginesa, es obra griega provincial o fruto de la inspiración de un autor de otra nación?
El busto es de tamaño natural, en piedra caliza, y exhibe un aderezo compuesto de tiara y diadema; grandes arracadas cuelgan de sus orejas y embellecen el pecho tres collares con pinjantes en forma de pequeñas vasijas y placas redondeadas.
Fue descubierta en 1897 en la loma de La Alcudia; permaneció en el Louvre hasta su recuperación por el Museo del Prado en 1941.

Aparición del hogar, dominio de la mujer.

Las piezas del cazador constituyen reservas alimenticias tanto para el día presente, como para el mañana y los días sucesivos. La madriguera de Arcy-sur-Cure, pese a su estrechez y la pestilencia que producía, brinda las garantías de un abrigo, los recursos de una despensa, las posibilidades técnicas de un instrumental y el calor de un hogar. Tal es el lugar habitual de trabajo para la mujer, puesto que es ella la que termina la tarea de preparación de la carne, cociéndola sobre guijarros en que se apoyan las teas. Por vez primera en los milenios de ese riguroso clima, adquiere sentido el hogar, con su estabilidad siquiera temporal. Los niños hallan allí refugio, alimento y calor, en torno a la mujer, en torno a la madre cuya función e importancia se refuerzan en el momento en que se separa de las incesantes y perpetuas servidumbres de la recolección.

En el Regourdou, encima del Montignac, en lo más hondo de una cueva y no lejos de los restos del hombre del Neandertal (una mandíbula notable), E. Bonifay descubre osamentas de oso que atestiguan un despedazamiento sobre una losa rocosa de 800 kilos. Más que una “sepultura de oso” podríamos ver ahí simplemente una reserva de alimentos, bien protegida de las incursiones de las hienas o del robo de otros cazadores. Esas reservas alimenticias comportan la primera liberación de la mujer al suprimir la angustia alimenticia. Introducen un sentimiento nuevo en el psiquismo neandertalés: el de una cierta tranquilidad, un cierto remanso en la lucha constante que es la vida, remanso que permite cierta reflexión. Por vez primera quizá en esa ya larga historia de la humanidad, el presente es superado y el porvenir adquiere sentido. Hasta ahí la noción de porvenir ni siquiera se planteaba. Ante todo había que preocuparse de la comida.

En cambio en ese momento el porvenir está asegurado por algunos días, incluso durante algunas lunas y el hombre y la mujer pueden pensar más allá del momento presente. Y pueden pensar en ello en los mismos momentos en que el hogar adquiere significación por muy insegura y secundaria que ésta sea. Y más allá del porvenir inmediato de las próximas hambres, el hombre del Neandertal se pregunta también por el porvenir que atenaza tan fuertemente la especie humana, por la muerte. Y por eso no es casual que la especie del Neandertal en el momento en que puede cubrir sus necesidades inmediatas, piense también por vez primera en inhumar a sus cadáveres, es decir, en depositarlos en las mismas excavaciones rocosas en que viven (pues “vivir” adquiere también un sentido), en proporcionarles reposo en una fosa donde dormirán bajo una gran losa, como en la Ferrassie, bajo un túmulo de piedras quizá, como el hombre del Régourdou, en darle los medios para vivir más allá de lo que parecé ser un largo sueño, y depositando por eso cerca de los cadáveres algunas rasquetas o partes de venablos.

Treinta milenios más tarde, el poeta deposita su “ramillete de acebo verde y matorrales en flor.”

¿Que opinas de este artículo?