Las civilizaciones cazadoras y la mujer en el hogar

Alrededor del trigésimo milenio, las civilizaciones cazadoras se implantan y expanden en Occidente, en especial en el dominio franco-hispánico. El macizo central constituye una pantalla protectora contra los vientos fríos que provienen del este de Europa. Los largos valles de Aquitania, orientados hacia el sudoeste, frente al Atlántico, gozan de las influencias climáticas templadas. Las costas cantábricas, más allá de los Pirineos, son los puntos máximos que alcanzan las grandes especies animales frías, mamuts, rinocerontes, renos, etc.

Ese clima de Aquitania privilegiado, verdadera garganta topográfica donde desembocan y se superponen invasiones humanas y de animales provenientes del corazón de Eurasia, se convierte en la cuna del arte occidental de esos grandes cazadores. Es también origen de una forma económica permanente, de una civilización de la mujer, la de “la mujer en el hogar”.

Nueva civilización material : aligeramiento del instrumental.

La civilización material comienza por acusar rasgos nuevos: una mejora, una diversidad y aligeramiento del instrumental. En el musteriense de tradición achelense que corresponde a los antiguos campamentos de Fontmaure, en la Vienne, las hachas bifaciales, útiles pesados y macizos, -representan aproximadamente la tercera parte del instrumental lítico. En la industria que le sigue no representa ya más del 0,2% y en cambio las lascas y placas de jaspe tallado, que en el nivel anterior casi no existían, abarcan un 16,8 %. Se afirma, pues, el carácter “ligero” y eficaz del instrumental. Entramos ya en las civilizaciones de la piedra ligera, el leptolítico del abad Breuil.

“El período chatelperroniense (que se da como inicio tradicionalmente de las nuevas civilizaciones cazadoras) se brinda como un verdadero remansó entre las civilizaciones musteriense y las del paleolítico superior”, declara A. Leroi-Gourhan respecto de las capas chatelperronienses de Arcy-sur-Cure (capas X, IX y VIII de la cueva de Renne). El-instrumental de lascas ligeras se desarrolla de un modo nuevo y el buril se revela el medio por excelencia para trabajar el hueso y la madera. La industria ósea desempeña una función cada vez más importante en la caza activa; existen azagayas cilindrocónicas.

Subsiste aún la recolección, que está atestiguada en ciertos niveles de Arcy por azadones y piedras de molino para aplastar las raíces y frutos.

Del auriñaciense al magdaleniense (años 30.000 a 12.000).

En la capa auriñaciense (horizonte VII de Arcy) desaparecen las piedras de molino y la economía se basa exclusivamente en la de caza. Las azagayas auriñacienses, de forma rómbica, son prototipo de un inmenso arsenal de tipo óseo cuyo apogeo se marca en el magdaleniense, hace unos 12 000 años, con múltiples puntas de hueso adaptadas a azagayas de forma cónica, arpones de los tipos más variados, flechas, propulsores para aumentar el impulso y precisión del lanzamiento. A esas armas de hueso hay que añadir la panoplia de armas de madera, inexistentes antes, las múltiples armas de sílex, largas lascas o cuchillos susceptibles de ser incorporados a palos, finas puntas de flecha con hendiduras e incisiones, puntas de muescas u “hojas de laurel” de las civilizaciones solutrenses.

Residuos de cocina.

Los residuos de cocina de esas capas arqueológicas del paleolítico superior son en lo esencial restos de animales (que se conservan mejor que los desechos vegetales, ciertamente); ese hecho confirma la base cazadora de esa economía. El hombre auriñaciense de Predmost, en Moravia, se alimentaba del mamut, de caballos y renos. El hombre del magdaleniense del Beauregard, no lejos de Nemours, en el valle del Loing, se conservó alimentándose de caballos, y el hombre magdaleniense de los Pirineos del departamento del Ariége, en el valle del Vicdessos, estaba aficionado a la cabra montés, sin prescindir de algún lagópedo o alguna trucha de río.

La división del trabajo, iniciada en el musteriense, se precisa y acentúa en la “familia” refugiada en una cueva, amontonada bajo un abrigo, bajo una tienda de piel o instalada ;n una cabaña en las grandes llanuras de Eurasia.

Las actividades esenciales del hombre continúan siendo la caza, y también sus derivaciones, despedazamiento de la pieza cobrada y trabajo del hueso para la fabricación de instrumentos de caza o pesca. Ahora al trabajo del sílex se añade el del hueso, el manejo experto del buril, y paulatinamente se va preparando la manifestación artística.

Existe la tentación de creer que las demás actividades, todo cuanto queda fuera del dominio del cazador, es dominio propio de la mujer. La gran función que parece estarle reservada en esas civilizaciones cazadoras, en las cuales el hombre cubre de modo casi exclusivo las necesidades alimenticias y artesanales, sería el cuidado y mantenimiento del fuego, de ese fuego que adquiere una enorme importancia durante esos milenios de caza y de clima riguroso.

La mujer vestal.

La mujer del hombre cazador se convierte en vestal por obligación y a la vez por tradición. Por obligación, puesto que esa es su más segura contribución a la economía para la cocción de las piezas, para lá preparación de la carne, para la comodidad y calor en la tienda o abrigo. Por tradición también, pues el mantenimiento constante del fuego exige la dura y lenta búsqueda de madera muerta, de ramaje y astillas que permitan la conservación de la llama o su reavivamiento. Las mujeres del magdaleniense de la cueva de La Vache, en el Ariége, recogían leña de sauce y de pino de la que hoy se hace el carbón. Y es en esa cueva donde conviene evocar mejor que en otra localidad la vida cotidiana de la mujer magdaleniense hacia el décimo milenio, cueva situada en la profundidad del valle del Vicdessos frente al maravilloso paisaje de Niaux.

Las investigaciones llevadas a cabo con paciencia apasionada por mi colaborador en el Ariége, Romain Robert, en las que he podido participar a veces con gran placer, han dado por resultado el descubrimiento de decenas de hogares magdalenienses intactos, encontrados en su propio lugar… como si la mujer magdaleniense hubiera olvidado regresar después de abandonar por unas horas su misión de vestal.

Esos hogares están formados por algunos pesados guijarros, recogidos en el lecho del torrente o en las vertientes abruptas del valle, arrancándolos de las viejas rocas laterales. Están cocidos y recocidos por el fuego magdaleniense, hasta el punto de que resulta necesario separarlos por medio de pinzas. Debido a ese trato, los guijarros debían deshacerse en sus múltiples elementos graníticos. Sostenían las brasas y así permitían al aire pasar por entre las llamas y activarlas, desempeñando el papel de nuestros actuales fuelles. La mujer magdaleniense no es muy buena ama de casa ni está preocupada por la limpieza. Los hogares están llenos de brasas frías y sepultados por los desechos; útiles perdidos y tirados, restos alimenticios, huesos rotos, residuos de carne o de pescado. Nada de eso importa; el hogar así perdido es sustituido por otro a algunos metros de distancia. Así, a lo largo de la cueva se multiplican los hogares en todos los niveles, pues lentamente la masa de detritus termina por sepultar los antiguos suelos.

El menú de la mujer magdaleniense.

El menú de la magdaleniense es ya muy conocido, mejor quizá que el típico del campesino medieval. Quizá incluso resulta más variado y atractivo. La pierna de cabra montés se acompaña de deliciosas perdices de nieve, los lagópedos cocidos al horno bajo grandes piedras en medio de cenizas calientes. Esos lagópedos representaban el 95% de pájaros consumidos.

¿Tuvo la mujer magdaleniense el privilegio o trabajo de desplumarlos, de conservar esas plumas?

Quizá lo ignoraremos siempre. Los pescados no abundan, aunque está atestiguada su presencia a veces en la mesa por las finas vértebras redondas de los salmones y a veces las pinzas descubren las muy finas espinas aún paralelas. En la arcilla de Niaux, en una pared, las truchas grabadas causan aún la admiración de sus visitantes. Los cazadores y pescadores de la cueva de La Vache son los artistas de Niaux, de la otra orilla del Vicdessos.

Las vértebras dé pescado se utilizan a veces como elementos de collar, pero puede ser lo usara el pescador al igual que la mujer. Es otra cuestión que no sabemos. La carne de caballo no parece ser muy apreciada. El bisonte, que ya escasea en esos parajes, y el reno, en vías de desaparición y muy mal adaptado a lo abrupto de la región, constituyen excepcionés en el menú, junto con el ciervo y la gamuza. La liebre permite hacer algún asado, pues está claro que no todo se cocina al horno o al grill. La presencia de gran cantidad de piedras quemadas permite incluso suponer que se calentó algún líquido contenido en un recipiente de cuero. Algunos pastores del Pirineo en nuestros días aún hierven la leche echando una piedra, muy caliente en el líquido (y la leche nunca se derrama de ese modo).

En el transcurso del verano de 1955, R. Robert y yo descubrimos en medio de esos múltiples hogares domésticos un conjunto notable totalmente distinto. Disecada minuciosamente, esa estructura original, que es la primera de entre esos descubrimientos, se ha revelado como un imponente y magnífico hogar colectivo, el hogar tribal.

El hogar colectivo.

Se trata de una fosa de dos metros de diámetro y de una profundidad de 30 a 50 centímetros, llena de muchas piedras que forman una cúpula. Un fuego interno calentaba esa masa de piedras, literalmente rellena de lagópedos que se cocían lentamente bajo las cenizas. Otras piedras, calentadas en hogares próximos, podían sustituir las que allí se hubieran enfriado y terminar la cocción en ese “calorífero” colectivo. Y echar allí agua o nieve podía transformar ese hogar en verdadera “sauna”, desprendiendo así vapores calientes… Un banquillo de arcilla, próximo al hogar tribal, podía acoger a los asistentes y a las cocineras. Trozos de estacas, dos de ellos muy discernibles, atestiguan la existencia de un encañizado de ramaje o de pieles que pudiera preservar del aire frío proveniente del exterior. Tal era el marco habitual de la mujer en el hogar magdaleniense hace doce mil años, conforme nos indica el sistema de fechación del carbono 14 y nos lo restituye la investigación en La Vache.

En las inmensidades de Bédeilhac, donde un largo pórtico de 32 m por 17 m de altura se abre sobre una vasta galería de un kilómetro de largo, los hogares magdalenienses se suceden en la inmensa cavidad. También ahí un hogar formado por algunas piedras y enterrado bajo desechos es abandonado para elegir un nuevo sitio. ¡Quizá sea ésa la fórmula de mañana para evitar una conservación pesada y fastidiosa!

La vida al aire libre.

El yacimiento de Pincevent, no lejos de la Grande Paroisse, al aire libre, en la llanura aluvial del Sena, aporta datos idénticos. Ese lugar, descubierto fortuitamente por unos escaladores en el transcurso del verano de 1964 en la orilla meridional del Sena, no lejos de la confluencia del Yonne y del Loing, en la región de Magdalenien, asegura la relación entre las regiones septentrionales de la cuenca del Loira y los terrenos meridionales de la cuenca del Sena.

Con acceso a un vado, el lugar de Pincevent indica una ocupación temporal que puede beneficiarse del paso de manadas de renos. Se han descubierto ahí numerosos habitats, probablemente instalados bajo tiendas de pieles sostenidas por estacas como en Borneck, lugares estudiados magistralmente por A. Rust hace unos quince años.

Reservas de sílex tallados, pedazos de desechos alrededor de grandes piedras utilizadas como asiento, atestiguan el trabajo artesanal con sílex de buena calidad, recogido por el hombre magdaleniense en parajes vecinos. Hay hogares cavados en la grava de la. llanura aluvial, llenos de piedras que forman un domo, como en el hogar tribal pirenaico. En cuevas o en abrigos y al aire libre, la mujer magdaleniense conserva su papel de vestal. En las huellas del ascenso de esos grupos hacia el norte de Europa, siguiendo manadas de renos que se retiran al ir mejorando el clima en busca del frío, esos campamentos al aire libre indican un género de vida nómada, diferente de la pirenaica, cantábrica o del Perigord.

¿Cuál podía ser la función nueva de la mujer en el curso de ese itinerario?

La caza reservada al hombre hace que éste sea el responsable dé las pieles que recubren las tiendas y es de suponer que él. fuera el que se cuidaba de su mantenimiento o renovación, el que las cosía incluso. En cuanto al armazón, a las grandes estacas móviles de origen vegetal, la mujer pudo muy bien ser la responsable, según ese dualismo animal-vegetal, señalado ya en otras ocasiones. Naturalmente todo esto, que se basa en suposiciones e hipótesis, puede ser revisado por observaciones a que den lugar nuevos descubrimientos.

En algunas escasas capas del musteriense aparecen fragmentos muy pequeños de ocre. En el chatelperroniense de Arcy se encuentran ya los colores negro, rojo, violeta y amarillo entre los fragmentos coloreados. Dientes y fósiles están perforados o marcados por piezas de suspensión.

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