La historia de la mujer es lo que nos proponemos, pero al hablar de la prehistoria tratamos de la historia de la madre, puesto que la mujer no nace hasta la historia.

La revolución neolítica y la mujer artesana

Al término del leptolítico, en el período magdaleniense, la humanidad experimenta un período de plenitud feliz. La técnica para la caza ha madurado y cuenta ya con el arco y con una panoplia muy completa. La caza resulta abundante para una población poco numerosa, aunque suficientemente densa para los contactos enriquecedores. El reposo en una vida de combate permite ~ la reflexión y profundización de un pensamiento ya rico y complejo.

Figura de mujer (Museo de Saint-Germain-en-Laye).

Figura de mujer (Museo de Saint-Germain-en-Laye).

El arte mobiliario, ligado a los objetos de hueso o madera de reno (los múltiples objetos de madera han desaparecido), el arte rupestre monumental, vinculado a una clase social nueva, el artista-sacerdote, liberado de las preocupaciones materiales y cotidianas, constituyen testimonios de esa intensa vida cultural. También la mujer experimenta las ventajas de una cierta liberación material.

El hombre se ha convertido en gran proveedor de alimentos y la función de la mujer se limita a su fuego, a mantenerlo perpetuamente. Su función se convierte más en ser madre que en ser mujer. Hace dos millones de años que las distintas especies humanas pululan sobre el globo, y la mujer magdaleniense experimenta, posiblemente, su “Edad de Oro”.

Edad de Oro de la mujer.

Hacia los milenios x- y ix las condiciones climáticas de Occidente se modifican de modo insensible. El clima glaciar se dulcifica, se atenúa. Disminuyen los fríos y los glaciares se funden. Se instaura una nueva vegetación, y los veranos son ya más cálidos, más húmedos; mientras los renos desaparecen, vienen a ser sustituidos por los ciervos y los jabalíes.

Esas mejoras climáticas, esos nuevos paisajes de praderas forestales se manifiestan de enorme importancia para las civilizaciones prehistóricas y el porvenir de la humanidad. El hombre se libera de las cavernas. Los habitats pueden instalarse al aire Ubre o al pie de los acantilados y pueden desplazarse cuando así lo exige la acumulación de detritus, como en Sauveterre-La-Lémance.

En Rouffignac, los sucesores de los magdalenienses ocupan un mismo lugar muertos y vivos. Son cada vez más numerosos los habitats al aire libre y esa vivienda occidental se expande hasta las islas perdidas del Atlántico, como Téviec y Hoédic. La tienda plantada sobre el suelo sustituye a la cabaña estable de estacas sólidamente hundidas sobre el suelo, como en Muge.

También la economía experimenta una especie de liberación. Ya no está dirigida por las reservas casi exclusivas de la caza y accesoriamente de la pesca, con las crisis y escaseces posibles debidas al éxodo de la caza. La dulcificación del clima permite una renovación vegetal. Los frutos silvestres y las raíces vuelven a adquirir importancia y ocupan de nuevo el lugar que perdieron al producirse las heladas.

Hacia mitades del vm milenio los cuchillos de sílex de Rouffignac de hoja libre presentan las huellas de cereales y atestiguan la recolección de fibras vegetales, probablemente cereales silvestres. Comienza pues en Occidente la gran recolección de plantas gramíneas, del mismo modo que comenzó también en Palestina en las capas arqueológicas del Natoufien, en las capas más profundas de los yacimientos iraníes.

Renovación de la recolección vegetal.

La .mujer reemprende entonces la pesada tarea de recolectar. Paulatinamente vuelve a inclinarse sobre la tierra, se liga al reino vegetal que se convierte en suyo y se hace inseparable de su suerte. Esa recolección de alimentos se adapta a las condiciones locales, a las reservas regionales. En las costas atlánticas, en Ancora, la mujer busca lapas que arranca de las rocas con un pico recortado de piedra.

En el umbral de la cueva cantábrica de Santimamine recoge lapas, héliz, cardiums, mytilus y gran cantidad de otros mariscos cuyos desechos forman una capa de más de un metro de espesor. Esos mismos mariscos se encuentran hoy amontonados a algunos kilómetros de la ría de Guernica. Espinas de pescado, tenazas de cangrejos de mar, huesos de jibias ponen de manifiesto la explotación racional —y muy compleja— de los recursos del mar.

En el menú están presentes también el jabalí, el ciervo, la cabra montés, además de múltiples pájaros. Continúa pues la caza. Ese mundo “mesolítico” de los arqueólogos no es el mundo decadente,que se ha pretendido presentar a veces. Pocos períodos han existido tan ricos en experiencias y pocas veces los recursos vivos fueron tan numerosos y variados, antes de la civilización agrícola moderna. La desaparición del arte animalístico, uno de los grandes enigmas de la arqueología prehistórica, explica seguramente el descrédito en que cayó ese período. ¿Resulta aún necesaria la magia imágenes-realidad para recoger caracoles bajo la lluvia?

Recolección universal de mariscos.

Todo el mundo se ha entregado a la recolección de mariscos. En las colinas secas de El Mekta, al sur de Túnez, la mujer capsiense recoge caracoles a millares, del mismo modo que la mujer del Maglemose, en el Báltico y la mujer del yacimiento de La Torche, frente al Atlántico, en la parte extrema occidental del Finisterre. Hasta en las playas de Brasil, donde los sambaquis són grandes capas de mariscos, del mismo modo que sucede en el Mogreb o en los Kjokkenmoddings del Báltico.

En esas recolecciones, la mujer desempeña la función primordial si no puede quizá decirse que exclusiva. La prueba arqueológica de su especia-lización no es posible darla, pero resulta difícil imaginarse al cazador de caballos y gacelas de El Mekta reuniendo millares de mariscos. Además la caza le impone largos y dificultosos desplazamientos.

En las estepas del Mogreb la caza escasea, pues recorre inmensas extensiones para subsistir, y los cazadores han de recorrer también esas estepas, alejarse a veces durante varios días. Una vez cobrada la pieza la despellejan y despedazan en el mismo lugar, la consumen incluso a veces. Tan sólo las pieles y cabezas las llevan al campamento como atestiguan el análisis y determinación de los huesos.

Para alimentarse, para alimentar a sus hijos, la mujer capsiense recoge caracoles.

Recolección del agua.

A esas recolecciones laboriosas se añade la necesidad de aprovisionar agua. “No hay razón para creer que el yacimiento de El Mekta fuera menos árido en tiempos capsienses que en nuestros días”, indica el Dr. Gobert; la mujer debía recorrer cuatro kilómetros para poder rellenar sus odres en la fuente más cercana y otros cuatro para regresar.

Venus de Sireull, de calcita ambarada. Altura: 9 cm. Auriñaciense. Museo de Saint-Germain-en-Laye.

Venus de Sireull, de calcita ambarada. Altura: 9 cm. Auriñaciense. Museo de Saint-Germain-en-Laye.

La sustitución de los odres de cuero por el empleo de huevos de avestruz como recipientes, la utilización de la alfarería algunos milenios más tarde, no cambia el duro problema: la mujer mediterránea sufre la monótona y cotidiana esclavitud del aprovisionamiento del agua.

Gracias a esos duros trabajos de aprovisionamiento de agua, la población limitada y localizada del leptolítico puede extenderse a nuevas latitudes y en el mesolítico y al alborear del neolítico, ganar múltiples bocas nuevas que alimentar. Esa proliferación humana será la causa profunda de la revolución neolítica: hallar, cueste lo que cueste, nuevos medios de subsistencia o morir.

La ganadería y la agricultura nacieron de esa necesidad, del mismo modo que hoy se proyecta utilizar el plancton de los mares para alimentar las decenas de miles de seres de una humanidad en progresión demencial.

La liberación masculina.

El hombre ha sabido beneficiarse de los progresos técnicos de su trabajo artesanal. La adopción de útiles laminares marca un enorme progreso en el leptolítico. La fabricación de un instrumental microlítico le libera más aún de las servidumbres artesanales y de la búsqueda del sílex como material.

Con el mismo bloque de material logra sistemáticamente y en serie extraer centenas de triángulos o trapecios, microlitos de tres a cuatro centímetros sólo, que transforma en púas de arpones insertándolos en la ranura de una barrita de hueso o de madera.

El hombre del magdaleniense tardaba largas horas, incluso quizá jornadas enteras, en la fabricación de un arpón monobloque de madera de reno, el cual en el último momento podía romperse al dar forma a la última púa; el artesano del mesolítico del Báltico o de la cuenca de París hace decenas en la décima parte de tiempo.

El artesano que acampa en los desiertos del Tardenois, lima y da forma regular a barritas de avellano, extrae triángulos de sílex que monta sobre arpones como elementos compuestos. Son operaciones simples, rápidas, que permiten incluso una especialización y un verdadero trabajo industrial, aunque sea antes de las iniciativas innovadoras de Rochdale.

Mejora de la recolección femenina.

Las nuevas técnicas del micro-litismo y del ensamblamiento sistemático de elementos pequeños traen también ventajas para la mujer. La observación de los rumiantes, de los corderos, revela el incesante movimiento de sus mandíbulas para arrancar y cortar los granos de las gramíneas.

En una costilla de animal o en una pieza de madera, el artesano, imitando las mandíbulas, inserta pequeños dientes de sílex, del mismo modo que los dientes del animal se insertan en el hueso de la mandíbula.

La mujer segadora.

Se ha inventado la hoz. (Se comprende que en el antiguo idioma egipcio el mismo término significara a la vez hoz y mandíbula.) La mujer dedicada a la siega sustituye su lasca de sílex sostenida directamente con la mano, por esas hoces que resultan más cómodas de sostener y que incrementan la fuerza del golpe en toda la curvatura del instrumento. La mujer segadora se sitúa al lado de la mujer del bastón para escarbar.

El hombre ganadero.

Las primeras etapas de la domesticación animal son debidas al hombre: primero el perro, luego el cerdo y el buey de turbera, el cordero y la cabra finalmente, en las inmensas praderas de la estepa. El hombre pasa de ser cazador a ganadero sustituyendo las tareas de la caza, las dificultades de la conservación de la caza, por la caza ligada al campamento, a sus pies y siempre a disposición de sus conveniencias.

Las etapas de los primeros cultivos, no menos difíciles y oscuras, quedan reservadas a la mujer. La caza pone en contacto al hombre con el animal. La recolección pone en contacto a la mujer con las plantas. Constituyen etapas en la carrera agrícola, aunque para nosotros sólo sea posible establecer su probabilidad sin total certeza, la elección de plantas silvestres, la eliminación de plantas nocivas o inútiles, los cuidados dedicados a las plantas más útiles.

El gesto milagroso de poner un grano en la tierra se realizó con el plantador, empleo en esta ocasión ya activo del bastón para hurgar en las tradiciones de la recolección. Más que en el gesto, el milagro está en el espíritu: el pensamiento que aguarda durante lunas para ver el grano germinar, salir, proliferar y finalmente fructificar. ¿Fue la mujer, la futura madre, más capaz que el hombre para comprender el sentido del porvenir en que un grano dará fruto o granos en cantidad centuplicada?

El mundo clásico ahí no se equivocó con los mitos de Deméter y Coré, y la Biblia utiliza el lenguaje vegetal para evocar la unión del hombre y de la mujer.

La nueva economía del neolítico.

La economía nueva — el Neolítico— nutre directamente los pensamientos de la protohistoria y de la historia, mucho antes de la época en que se dan los primeros escritos, y esos pensamientos esclarecen los últimos milenios de la prehistoria.

Con el desarrollo del mundo agrícola comienza para la mujer una nueva etapa muy dura. Por vez primera es la mujer la que aporta más que el hombre en lo tocante a subsistencia. Los recursos del mundo vegetal superan a los del mundo animal. El grano tiene mayor importancia que la caza, el pan que el asado.

El progreso de los medios alimenticios —el cultivo de cereales en el Mediterráneo, del maíz en América, del arroz en Extremo Oriente — permite la expansión demográfica, mientras las múltiples bocas nuevas obligan a utilizar esas nuevas fuentes alimenticias.

Se instaura una verdadera carrera entre la economía y la demografía en que cada una de ellas adquiere ventaja alternadamente y determina la prosperidad o la crisis. Y la mujer queda cada vez más ligada a su función de productora; productora de hijos y productora de granos para alimentarlos. Su liberación de las servidumbres agrícolas se operará tan sólo paulatinamente, a través de largas y penosas etapas, en el transcurso de siglos históricos, por medio de la yunta bajo el yugo, gracias a la invención de la rueda, de la domesticación del caballo, del motor de explosión.

En los momentos de crisis, durante las guerras, la mujer en la historia toma de nuevo el arado, el carro o el tractor. Al margen de los países subdesarrollados de Occidente, podemos hallar efectivamente en los países tradicionalmente desarrollados del Mediterráneo múltiples formas de trabajo agrícola impuestos a la mujer en la tradición enolítica.

Así, por ejemplo, hace algunas décadas en la isla de Djerba, en el país de los Lotófagos existía un arado “antiguo”. En realidad se trata de una azada de madera, una gran rama en forma de codo a la que se añade una pieza de hierro para poder abrir la tierra.

En el extremo opuesto, se le colocó un largo mango para mover la azada, en lugar de levantarla constantemente. Ese mango termina en una parte más ancha a fin de facilitar la presión, parte que tiene forma de cabeza de falo. La mujer debe empuñarlo con la mano para formar la yunta, para arrastrar el arado cuyo equilibrio mantiene el hombre por el extremo opuesto. Este arado, de tradición enolítica, ilustra el mito muy antiguo de la mujer y la tierra fecundas.

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